parece mentira

martes, abril 18, 2006

panquehue? eso esta bien lejos...

el problema es, y cualquiera que se haya perdido en el campo lo puede reafirmar, que los huasos simplemente no tienen nociones de distancia. al menos hasta el momento en que ya no se puede segir siendo optimista y te explican REALMENTE cuanto te vas a demorar en llegar. o si es tecnicamente posible llegar.
para nosotros, dos cuadras son cerca de 200 metros y cerquita es algo asi como dos minutos de caminar.
pera el huaso cuando te explica tambien todo parece ser igual, pero ya en camino te enteras que una cuadra de campo tiene 3 kilometros, y que cerquita es tres cuarto de hora en auto.
cuando Don Vito y venegas parten a Panquehue, a trabajar en la mina de oro que es el packing donde julio se ha pasado los ultimos tres veranos, panquehue y san felipe suenan como lo mismo. como quien habla de recreo y viña, a lo mas un sector dentro de la ciudad.
venegas tiene conocidos en san felipe... o al menos parientes politicos bien indirectos a los que tal vez ha visto una vez en su vida. pelos de la cola.
en definitiva, el par de citadinos llegan, luego de infintas vueltas a donde los conocidos/casi parientes en cuestion y nadie se ha dado la molestia de avisrles. no solo eso, sino que ademas aunque pudieran darle alojamiento a el y a don vito (cosa que no pueden porque tienen su casa sobrepoblada) dicha casa queda a varias decenas de kilometros del famoso packing... ah, y ¿mencione que para esta altura ya esta casi de noche?.
en definitiva el auxilio llega de otra parte de la familia politica/distante/conocidos de algun dia. una parte que tiene un restaurant turistico donde venegas y don vito tienen que esperar hasta cerca de las 2 de la mañana para dormir, porque van a acogerlos en una cabaña donde se quedan los mozos y cocineros y ellos se acuestan tarde.
lo mejor es el desayuno. leche? cafe? nah... eso es para niñitas. este es un restaurant de parrilladas y se desayuna parrillada. in your face romanos, esto es vida sibarita. agradecidos y a punto de reventar, nuestros heroes parten al trabajo, varias horas atrasados, y todavia sin claridad sobre el alojamiento...
esa noche se quedarán en el hogar de uno de los jefes del packing (gracia que se explica porque eramos citadinos y no huasos, porque si no nos mandan cagando a las barracas comunes donde pasan la noche algunos obreros).
el jefe en cuestion tenia un apellido raro que ya no me acuerdo y la situacion era bastante bizarra porque en la casa aquella tambien vivia su hermana, a la que nunca vimos, pero que gritaba cosas desde un dormitorio lejano...
por fin, el tercer dia pudimos arrendar, a precio de huevo, una casa enorme, con un patio enorme, que por unico mobiliario contaba con un par de colchones que permitian saltos olimpicos (indispensables para webiar cuando llegaron dias despues, y de visita, ciertos ciclistas); y que ademas tenia un calefon explosivo que efectivamente exploto un dia, en el mas bello y aterrador espectaculo de vapor y ruido que haya visto hasta hoy dia.

lunes, abril 17, 2006

Eye of Tiger


En una de los innumerables recorridos bohemios por el puerto de Valparaíso, ya cansados de los tipicos locales gastados, le dimos la oportunidad a uno desdischado que no sé por qué recuerdo el nombre “El sótano”. La entrada era gratis y la botella de cerveza barata, y en el momento que nos asomamos estaba sonando buena música. Tenian unas mesas con velas , un palco para la música en vivo y una sala al lado, habilitada para el bailoteo. Todo totalmente desierto. En esta sala estaba sonando Roller Coaster por lo que con Julio nos animamos e iniciamos nuestro propio mosh, saltando y empujandonos como malos de la cabeza. Sacudiamos las cabezas en movimiento vertical, freneticamente intercalados con saltos esquizofrenicos cuando ocurrió el incidente. En lenguaje físico se diría que ibamos en contrafase. Es decir, en el momento en que Julio levantaba la cabeza pasando por su mayor velocidad yo la movía hacia abajo, con los ojos cerrados, por lo que no entendí lo que pasó hasta un segundo después de que mi ceja izquierda se fuese a encontrar con su nuca. El impacto de la suma vectorial de nuestras velocidades opuestas se tradujo en una inflamación de tal rapidez que se podia apreciar mientras ocurría, según me contaba y veía en las reacciones, a falta de un espejo en las cercanías.

Al otro día en la mañana mi madre escuchó con actitud “si, si cómo no” la escueta historia.

En los días posteriores la hincazón “bajó”, disminuyendome parciamente el campo visual, y adoptando hermosas combinaciones y tonalidades de morado, verde y amarillo. Y un brillo que terminaba de dar un aspecto repulsivo, por cuenta del ungüento desinflamatorio. Asistí a la Universidad con unos lentes oscuros que alcanzaban a ocultar el enjendro, incluso durante las clases. Me divertí viendo las reacciones de mis colegas cuando los apartaba de a uno y les decía “mira” mientras bajaba los anteojos. Y en esos momentos a la pregunta obvia preferí dar una versión más apegada a la que se hubiera esperado mi madre, sabiendo que venía de los antros del puerto. Obviamente en ella era yo él heroe y los otros habían quedado peor.

Diarios de la bicicleta I

“Tsss, tienen bicicletas cototas! Yo que ustedes iría por la cuesta, es más bonito el paisaje, y de ahí salen al tiro a Doñihue. El camino no está asfaltado, pero con las mountain-bikes ni se van a dar cuenta”. Nos recomendaba tomar un camino perpendicular a la carretera oficial, perpendicular al sentido común. Luego, girar a la derecha e ir hasta el fondo, pasar la cuesta y listo. Ciertamente el viejo bonachón de la posada donde paramos a tomar unas bebidas y pastelitos conocería mejor que nadie los alrededores, al menos mucho mejor que nosotros, pendejos citadinos. Así que confiamos ciegamente en sus palabras de hombre mayor, y sin siquiera pensarlo seguimos su consejo.

Era la primera vez que haríamos la travesía :Valparaíso –Panquehue (Localidad San Felipe) en bicicleta, que son cerca de 110 kilometros. Antes de llegar a la posada nos había pasado de todo y sólo esperabamos que junto con el atardecer tuvieramos un plácido paseo como último tramo. Definitivamente aún no nos pasaba de todo.

Como sucedía regularmente en este tipo de proyectos, no es claro en qué momento se propuso, ni quien lo hizo. Es más bien un hecho matemático, una consecuencia obvia, es sólo unir elementos: Julio tiene parientes en Panquehe + Diego tiene una bicicleta = Vamos a Panquehue en Bicicleta. El resto son detalles. La ruta, itinerario, una estimación del tiempo a recorrer, el calor de pleno verano en la carretera, revisión y ajustes de bicicletas, herramientas para cualquier eventualidad o accidentes, también eran detalles que no vale la pena deterse a calcular. O que Julio era totalmente pajero (en el sentido de su paupérrima condición fisica). En cambio con Diego estábamos en nuestro auge así que en algún sentido se debía compensar (aún no me es claro cómo). Siendo consecuentes con nuestra irresponsabilidad, partimos con Diego a medio día – que es justamente cuando el sol más castiga- desde Valparaíso. En Recreo se nos incorporó Julio y sus chicles Dentyne sabor calipsol (El mascar chicle ayuda a la realización de grandes esfuerzos físicos. Es por esto que a menudo durante las competencias olímpicas se puede apreciar que los atletas disimuladamente gesticulan, porque de hecho, en tales competiciones la utilización de sustancias estimulantes está prohibida. De la Enciclopedia Julio Espinoza de Hechos Extraños ). Y el sabor particular serviría para revivir las sensaciones cada vez que encontraramos ese exclusivo chicle color celeste.

Tempranamente se presentó el primer desafío. Se deplegó imponente mientras alzabamos la mirada para evaluarlo y autoinfundirnos coraje: Subir la Avenida Alessandri. Un tedioso, constante y sudoroso esfuerzo fisico para vencer la pendiente, los hoyos de la calle y las micros furiosas que nos rozaban las orejas, todo bajo la fiel compañía del sol veraniego que nos hervía las cabezas.

La falencia física Julio la compensó con su picardía: mientras con Diego marcábamos el ritmo dos inspiraciones y una exalación, cuan ciclistas serios, Julio nos adelantó burlón, propulsado por el camión del cual se colgaba con una mano, mientras la otra se encargaba de la gestión del manubrio para esquivar los hoyos. Entendiendo que era mejor hacer el tramo por separado, cada uno con su estilo, acordamos reunirnos en la cima, en la Copec.

Luego de lo que habrá sido una hora aproximadamente, Diego y yo llegamos al objetivo, donde nos dimos tiempo para tomar agua, refrescarnos, inflar neumáticos, y finalmente sentarnos en el pasto a mirar la carretera a la espera de Julio. Pero Julio no quiso aparecer. Cuando ya la espera fue demasiado larga, consideramos la posibilidad de que hubiera tenido algún tipo de incidente, que en términos prácticos significaba abortar el plan ya que ninguno de los dos tenía idea de dónde teniamos que ir, ni tampoco podíamos llegar a la casa de los tíos de Julio en representacion de él. Y claro, también está el hecho de que es nuestro amigo. Así que a nuestro pesar, deshicimos lo andado, buscando al compañero desaparecido, claro que la tortuosa subida Alessandri se transformó en una dulce bajada, un sublime placer que nos permitimos saborear. Cuando casi llegabamos al final de la Av. Alessandri, y aparentemente tambien al final anticipado de la travesía, vimos una camioneta que demandaba nuestra atención a fuerza de cambio de luces y bocinazos. Cargaba una bicicleta y de copiloto iba el ileso Julio que nos contó que no nos había encontrado en la Copec (que habia llegado hace mucho) y desde entoces subía y bajaba Alessadri haciendo dedo. Nos pusimos de acuerdo igual que la primera vez, con un poco más de precisión y nos mamamos nuevamente la subida, (Julio se las arregló nuevamente con sus técnicas propias). Una vez arriba, el resto debería ser más suave, sobre todo nos aguardaba una buena cantidad de kilómetros de pura bajada, yendo hacia Con-Con. La bajada a ConCon fue formidable. No por que tuviese grandes pendientes sino por su extensión. Era como andar en moto. Claro que aunque no era necesario pedalear, la velocidad siempre invita asi que llegamos al limite de las bicis y nuestras capacidades, bastante mas allá del limite de la prudencia. Para restar el efecto subjetivo que se prueba al sentir el viento en la propia cara, recuerdo que incluso llegabamos a sobrepasar a los autos. En algun momento de ultra velocidad, de un camión cayó un saco de papas que convirtió el asfalto delante de nosotros en un campo minado. Una papa bajo la rueda a esa velocidad era seguramente la muerte, no tanto por la acorbatica caida, sino por el auto que de seguro inmediatamnte nos pasaría encima. Pero con los años de juegos de video que teníamos en el cuerpo, evitar los tuberculos asesinos que se movian independientemente en todas direcciones, no fue demasiado dificil.

La mayor parte del recorrido era extremadamente aburrida: la infinita carretera extendiendose delante y detrás, el sol aplastante, el silencio del entorno roto por el ruido del pedaleo y el ocasional paso de algun vehiculo, las pocas ganas de cansarse hablando demasiado. Casi siempre manteniamos la formacion 2-1. El que iba atrás tenía la tácita tarea de gritar “Auto!” cada vez que fuese oportuno, para así adoptar la configuración en línea. Una vez más el ingenio nos sirvió para superar el aburrimiento y no enloquecer en el monotono infinito andar. El juego que inventamos estaba lejos de ser divertido o dinámico. Mas bien era pura imaginación: Tal como los aviones que recargan combustible en aire deben coincidir con extrema precisión las velocidades para lograr acertar la manguera en el depósito, nosotros igualabamos con cautela las velocidades de las bicicletas de manera de tener un delicado y suave encuentro entre los bordes externos de los respectivos manubrios.

En algún momento tuvimos un encuentro surreal con un grupo de niños que se bañaban en una poza al borde del camino. Allí hicimos una pausa para refrescarnos e intercambiar un par de palabras con ellos. Pero el recuerdo es tan difuso que no se si en realidad fue una alucinacion o una imagen que me inventé, manifestacion del deseo de capear la afixia del calor.

Otra de las paradas fue delante de una pronunciada y larga subida. Descansamos un poco y comimos algo de lo que llevabamos en nuetras mochilas (claro, llevabamos mochilas en las espaldas...ni se nos ocurrió ni era monetariamente factible tener esas hechas a proposito para las bicis. De hecho, las mochilas no eran ni siquiera nuestras. El resultado del dia fue, entre otras secuelas, ardor en hombros y espalda). El comer y beber tenía dos efectos positivos: “saciar” el apetito y alivianar la carga. Cuando nos sentimos listos, usamos la técnica karateka concentrando todo la energía en un minimo tiempo, de manera de pasar el obstaculo lo antes posible. Una vez en la cima, orgullosos contemplamos la cuesta, ahora pequeña al lado de nuestros egos. Justo antes de despedirla, Julio se dio cuenta que su mochila, es decir, la de su hermana –lo que agravaba las cosas- ya no estaba entre nosotros. Fue solo reflexionar un poco para sospechar que era probable que estuviese al pie de la subida (no era ni siquiera seguro). Antes de que Julio se dispusiera a pagar con un esfuerzo –que en su condición de pajero era doble- el propio descuido, Diego, en una actitud que se confundía entre el heroismo, la resignación o las ganas de reprender lo antes posible dijo, “ya, yo voy” de manera no muy entusiasta, y se lanzó cuesta abajo.

Luego, nada relevante aparece en mi memoria, hasta que despedimos al viejo (culiao) de la posada, para internarnos en el camino alternativo. Avanzamos perpendicularmente a la carretera por un buen tramo, por un camino de tierra/piedras que estaba en muy mal estado y no nos permitia avanzar no mucho más rápido que a pie. Al llegar al fondo, viramos a la derecha y seguimos por un camino aun en peor estado que llevaba directamente a La Cuesta. Por este camino no habia autos, motos, ni bicis. Solo vimos a un tipo a caballo que nos saludó (lo más cerca a un real-huaso que he visto en mi vida). Asi anduvimos por horas por aquel camino inandable hasta que pasamos por una solitaria casa fuera de la cual habia una señora. “¿Falta mucho para llegar a la cuesta?” Preguntamos ya preocupados porque habiamos recorrido mucho y no sabiamos cuanto faltaba. “Chuuuuuu, si yo nunca he ido pa’allá!!!”. Inmediatamente pensamos en cuanta distancia debería faltar para que aun un lugareño lo cosiderara con un “chuuuu”. Desmoralizados continuamos en silencio esquivando hoyos y piedras por un lapso indeterminado.

Llegamos a la cima de la cuesta, dejando sudor en el camino, justo para contemplar el atardecer en el valle del Aconcagua y disfrutar de una menguada colacion, es decir una manzana. Apenas iniciamos a bajar por el sendero, se hizo oscuro del todo;apenas se distinguía el contorno, al otro lado del cual estaba el barranco. El terreno inmediatamente bajo la bicicleta no lograba verlo, por lo tanto ya no se podia evitar hoyos, piedras rocas y peñazcos. Si darme cuenta alcancé una velocidad considerable, con la cual cada bache se acentuaba. Podia recrear en mi mente solamente el camino pasado, por las manifestaciones de la bici. Asi por ejemplo, cuando sentia que estaba en el aire, sabia que alguna piedrota habia actuado de rampa. Sabia que si trataba de frenar, o tan solo disminuir la velocidad, como el terreno era fundamentalmente de tierra e irregulares piedras sueltas, riesgaba de patinar y terminar por el suelo con algo incrustrado en el craneo en medio de la oscuridad, lejos de la civilizacion, en algun lugar cuya lejania quedaba descrita por “chuuuuu”. Por esto la velocidad aumentaba cada vez mas. La bicicleta saltaba para todos lados, como el toro mecanico del programa Éxito. Imaginando el camino pensaba que si lo hubiera visto a la luz del dia, habria bajado a pie el cerro. En algun momento en que entrevi que el desastre era inminente intenté estirar la mano que aferraba el manubrio con toda mi fuerza, para apretar el freno. Quizas si frenaba muy muy lentamente podria retomar el control. Pero entendiendo mis intenciones, apenas estaba intentando aflojar levemente la mano para proseguir con la operacion, la Cuesta dio su golpe estrategico y me hizo volar por los aires, en el mayor bache o piedra que hasta el momento bicicleta haya conocido. Consiguió su objetivo: aborté el plan de freno, aferre mi vida al volante con fuerzas que no tenía y me entregué a mi destino.

Porque Dios existe, porque hay milagros, o quién sabe por qué, nos encontramos los tres abajo, enteros, intactos. Por un momento nos quedamos en silencio, agitados (Recordad la escena de Pulp Fiction en la cual Travolta y S.M. Jackson milagrosamente no son tocados por las balas). Era inútil contar entre nosotros la extraordinaria experiencia, puesto que como fue identica para los tres, todo era redundante. Era estupido decir “es increible que ninguno se haya sacado la re-conchesumadre”. Recuperados del Shock, igualmente comentamos cómo era posible haberla sacado tan barata. Ni siquiera una avería en las bicis - al parecer-. Julio que iba primero nos contó (ya a esta altura reíamos) que cuando se tranquilizó el camino logró voltearse y contemplar por un segundo el –usando leguaje moderno-descenso extremo que con Diego realizamos (manera elegante de decir par de weones con cara de espanto, gritando y dando brincos aleatorios. Ahora que lo pienso, hubiera sido un buen espectaculo para ver si 1) hubiera sido de dia y 2) en vez de caras de espanto hubieramos tenido actitud cabrona). Una vez que nos desahogamos, era el momento de dejar el incidente atrás y mirar adelante, el camino por recorrer. Lamentablemente aun estaba oscuro asi que no vimos mucho y aun estabamos en mitad de la nada. La cosas finalmente parecian mejorar cuando vimos una luz a lo lejos que se transformó en una camioneta que se compadeció de nosotros. En dos segundo ya estaban las tres bicicletas arriba con los tres mozalbetes con sonrisas de oreja a oreja. Fue un fugaz instante de esperanza que Diego coronó con un pan con huevo que misteriosamente salió de su mochila, acompañado de un yogu-yogu. Despedimos sacudiendo las manos a nuestros benefactores que nos habian traido nuevamente a la carretera oficial. Ahora estabamos en una cuesta asfaltada, igualmente cuesta e igualmente oscuro que en el escenario anterior, pero con la gran ventaja que estaba asfaltada y que teniamos la certeza de que solo teniamos que ir hacia adelante y llegariamos a nuestra meta. A nuestra izquierda, mucho mas abajo de la carretera, la vision de las luces articifiales, metales rectos y tubos de una refinineria junto a lo maltrechos que estabamos, nos hacia sentir personajes de Madmax. A nuestra derecha, veloces gigantes pasaban a pocos centimetros de nuestras cabezas sin percatarse de nuestra presencia. La angosta acera no permitía guardar una distancia prudente. Pero ya habiamos pasado mucho, solo teniamos que pedealar. Ya imaginabamos la llegada, una ducha caliente, una Cena, un Crack. ¿¿CRACK??. Diego no pudo evitar dejar escapar una elegante exlamación. Su bicicleta, luego de un par de pedaleadas se había rendido. Esperabamos que los camiones al pasar nos proporcionara la luz para encontrar los tornillos y resortes para rearmar el artefacto de los cambios. Luego de varios camiones, cada uno de los cuales nos sacudía con la corriente de aire que ocasionaban al pasar a tal velocidad, constatamos que las esperanzas de arreglarlo eran vanas. El cambio se habia quebrado, y no habia NADA que hacer al respecto. En un intento de solucion operativa momentanea, sobrepuse manualmente la cadena en uno de los piñones, de manera que le permitiese al menos pedalear a la casa del tio del Julio. No sirvió . Por algunos kilometros serví de motor a Diego –después de todo era yo quien estaba usando SU bicicleta- mientras Julio se botaba en la carretera para intentar detener a alguien y lograr que lo llevaran hasta algun pueblo donde pudiera llamar por telefono para que vinieran a buscar a Diego (sería bueno que existieran telefonos portatiles inalambricos, ¿no?). Seguimos con este plan hasta que por fin llegamos a un poblado donde Julio, usando sus habilidades de gestion (si fueramos Los Magnificos (o A-team,para los internacionales), él sería Faz, y dejemos mejor de lado estas analogias odiosas, que quizas me tocaria ser Murdok, y bueno, Diego, ahi te ves), consiguió que se llevaran sentadito a Diego y a la bici herida. Como esta historia ya es larga , queriamos ponerle lo antes posible un final, dimos vida al dicho “sacar fuerzas de flaquezas” (que en mi caso podria tomarse literalmente) y a pesar de haber estado mas de doce horas con el sillin en el culo, de estar exaustos, adoloridos y quemados por el sol, hicimos los últimos 20 kilometros a maxima velocidad, pedaleando furiosamente como si escaparamos del mismo diablo. En la casa, pudimos vernos bajo la luz y ante el espejo: aparte de tener la cara con tizne por los intentos de arreglar la bici, sudados, y el pelo tieso, teniamos una extraña expresion bizarra: los ojos estaban hundidos. No sé por qué exactamente, no creo que haya sido simplemente por la última carrera.

Al otro dia, no podiamos siquiera aventurar montarnos en las bicicletas.

El regreso a Valparaíso es un poco más corto de contar: nos llevaron con las bicicletas en una camioneta, directamente a la Universidad donde debiamos hacer la inscripcion de ramos para nuestro primer año.


jueves, marzo 02, 2006

Nunca he amarrado a nadie en mi vida!!


Cada uno tiene su manera particular de actuar cuando el nivel de alcohol aumenta por las arterias. El curao odioso, el nostálgico, al que se le queda la patita atrás, el amigable, el galán, el bailarín, el filósofo, el teólogo, etc. El protagonista de esta historia, cuyo nombre todos sabemos (dede ahora llamaremos X), patentó su propio estilo: la loca. En un lugar alejado del mundanal ruido, Granizo (está cerca de lo Narváez, por si no se ubican) nos reunimos para celebrar las bondades de la vida semi-campestre, su indispensable asado y cerveza a toda hora. Eramos un grupo de unos 10 hombres, y aproximadamente cero mujer, pero aun así era una reunión totalmente viril. Cuando el sol ya se había marchado, comenzamos los preparativos para el festín de carne y carbón. Como ninguno de nosotros tiene la magistratura en este arte, entre encender el fuego, cortar la carne y esperar a que se cosa, sólo queda la actividad anexa a los asados: chupar como orilla de playa. Y claro, con el estómago vacío, los efectos no se hicieron esperar. Discutiamos del más y del menos mientras X, purulaba por ahí, sin claro rumbo. Su primera actitud reprochable, fue colgarse del enclenque techito del porsche de la casa de los abuelos de Izazo. Se estremeció amenazando de desplomarse. "qué estai haciendo WEÓN!!!", lo increpamos a coro. Desde aquel momenton mantuvimos un ojo atento sobre X. Su siguiente pasatiempo consistió en tomar velocidad para lanzarse de cabeza sobre unos pequeños arbustos que decoraban la casa. Detrás de los cuales había un acogedor muro de cemento. Ahora velando por su propia seguridad, convocamos un consejo en el cual debíamos evaluar la situación y decidir el rumbo de las acciones, antes de que huebiera que lamentar. Como estabamos todos borrachos, aunque estremadamente serios, los argumentos y contrargumentos eran solo cabezas de pescado. Hasta que alguien se iluminó y soltó la solución que fue inmediatamente acogida por lo simple y eficaz: amarrar a X de manera de inmobilizarlo. Una medida totalmente de acuerdo con la convención de derechos humanos de Ginebra, por cierto. Como eramos un número suficiente, algunos inmobilizaron las extremidades mientras un par le daba vueltas al cordel y el resto apreciaba morbosamente el espectáculo. Sin embargo, no contamos en absoluto con un detalle, que X no estaría de acuerdo con nuestra decisión democratica (adoptada por amplia mayoría) y se aferró fuertemente a sus principios y a los pelos de la cabeza del anfitrión Izazo. Y era tanta su convicción que ni a fuerza de argumentos, forsejeos o mordiscos en las manos aflojó. Ante nuestras súplicas, sobretodo las de Izazo -que comenzaba a cosiderar la pérdida de un buen mechón- y las promesas de desatarlo apenas liberase su capilar rehen, él respondía con un tono extremadamente calmo y burlón “no estoooooy desamaaaarradoooo” . Y con el mismo tono ultra formal- al estilo del chavo del ocho imitando a un adulto o de un actor de teatro, continuaba “Yo nunca he amarrado a nadie en mi vida”. Estos dos versos los repitió invariablemente, absolutamente ajeno a los gritos sin hacer caso de los dolores que le infligiamos por soltar la garra. Era una escena bizarra en la cual el protagonista recitaba un salmo con una ofrenta un su puño de hierro, invulerable a todo tipo de argumentos y dolor, mientras a su alrededor la ensalada de suplicas, gritos chuchás y violencia le daba en entorno caótico mundano. Fue este actuar alienado, totalmente ajeno a las circuntacias que definió inicialmente el concepto de la loca.

viernes, febrero 17, 2006

Millonarios por una semana


Cuando no se tiene una chaucha en el bolsillo, no es muy amplia la gama de actividades elegibles para matar el tiempo. Con Diego y Vittorio nos juntabamos casi todos los dias a ejercitar algunas de ellas: caminar, conversar, conversar caminando y a a ratos, conversar sentados. A veces, cuando la fortuna nos sonreía, podiamos unir nuestros bolsillos en una vaquita y compartir una bebida, alguna ficha de video o algún tomatepaltamayo.
Entre los infinitos temas que agotabamos pacientemente día a día, surgió el para nada original “¿Qué hariai si te ganarai el loto?”. Las propuestas de cada no son relevantes, lo que sí importa es que nos entusiasmamos y decidimos desperdiciar 100 o 200 pesos en una apuesta. El precio lo dividimos en partes iguales, como también el hipotético gordo. Y como son 6 números a elegir, cada uno aportó con 2.
Partimos con Vittorio en dirección de la agencia (estabamos en su casa, que era el cuartel general por ser el más central y por las abundantes onces que ahí nos propinaban sus padres). Una vez allí, mientras esperabamos para formalizar la apuesta debido a que había una pequeña fila, algo nos llamó la atención desde la pared: uno de los carteles tenía escritos unos números bastante familiares. Comprobamos con el papelito que llevabamos: 5 de nuestros números eran aciertos y el sexto coincidía con el comodín. No era el máximo premio, pero sin duda una chorrera de millones. Eso, claro, si la tertulia sobre millones y azar la hubieramos tenido una semana antes.
Aunque ambos sabíamos perfectamente que la teoría de probabilidades no impide en absoluto que salgan los mismos números en dos sorteos consecutivos, desconcertados y desmoralizados decidimos no apostar, ni siquiera cambiando los números (tampoco nos sentíamos con el derecho, ya que el tercer elemento no estaba).
Así que seguimos - al menos por un tiempo- compartiendo pasos, ideas y tomatepaltamayos.

viernes, diciembre 09, 2005

Deportes Peligrosos

Hace ya muchos años, cuando todavía no conocía a todos los contributors de este blog, ocurrió algo así como una experiencia cercana a la muerte, pero no para mí, sino que para un compañero de colegio por ahí por octavo básico.

Me habían regalado un bat de béisbol de madera y como en el colegio nos íbamos de paseo (o retiro espiritual) a Punta de Tralca, decidí llevarlo a ver si se podía jugar aunque fuera con una pelota de tenis. Obviamente a todos mis compañeros les entusiasmó la idea de incursionar en este deporte-gringo-deformación-de-otros-deportes (football americano/rugby, racquetball/squash, baseball/cricket).


Para esto se juntó harta gente en una cancha de fútbol y un compañero quiso no sólo imitar el deporte, sino que también las cosas que hacen los jugadores como lo es después de batear, lanzar el bat... Mala idea!!! Como no éramos los únicos que estaban ahí y había más gente participando de retiros y Murphy es muy claro sobre el daño que pueden ocasionar los objetos, el bate de béisbol fue a dar directamente, medio a medio, en la frente de una señora. El golpe fue con la parte más ancha del bat, quedando perpendicular a la frente de la señora. Dentro de todo el alboroto que se formó, no hubo tiempo para que Esteban (el criminal lanza-objetos) completara su cuadrangular o Home-Run, sí para una room-run porque corrió a la pieza con el arma del delito, como era mío, lo escondió en mi bolso y luego corrió nuevamente rumbo a una capilla a rezar para que la señora no se fuera a morir y lo convirtiera a él en un criminal de tomo y lomo.

De lo que aquí ocurrió, lo que más me ha marcado es ver y mostrarle a los demás la sangre que hasta el día de hoy aún tiene presencia en mi bate de béisbol. No lo quise limpiar después de eso, porque al fin y al cabo no creo que la justicia llegase hasta mi casa a culparme de un delito que no había cometido. De todas maneras, no habría delito, porque la señora no se murió.

lunes, noviembre 21, 2005

PISCOLACTEO


Un vaso de leche con vainilla marcó la diferencia entre un recuerdo más o menos feliz de mi primera borrachera y la noche infernal a la que me condené yo mismo. Al menos no estaba solo, porque Halat compartía el mismo infierno estomacal.
La tarde empezó piola: jugando las fichas de rigor en los videos del plan, para trepar después el cerro Mariposa hasta la casa de Romina y Lina Fuentes, amigas entrañables que tenían también la cualidad de colarse en más de una fantasía mental u onírica de esas que abundaban por esos días.
La casa era porteñísima. Enclavada al costado de una escala, en un recoveco perdido del cerro, se daba maña para en un mínimo espacio tener un nutrido jardín, que también servía de patio y de living. Sentados los cuatro bajo un árbol, y animados por el chachareo, de pronto nos pareció correcto tomarnos la botella de pisco que ofrecía Lina, la mayor del cuarteto, con 18 años cumplidos.
En cosa de segundos, estaba de vuelta con la botella del destilado, de la que empezamos a dar cuenta a sorbitos, imagino que combinando el brebaje con algo que mi memoria no retuvo, como tampoco la marca (incluso puede que el pisco lo hayamos llevado nosotros, y que haya sido de la selecta colección de Jorge Halat senior... ¿acaso importa?)
La cosa es que Milenko y yo estábamos cada vez más alegres, las niñas cada vez más lindas y las lenguas cada vez más traposas y desenfadadas. Sólo las risas estridentes (y a pito de nada) nos indicaron la llegada de nuestra interperancia, y ante el riesgo de una reprimenda de padres ajenos, optamos por dejar la noche hasta ahí: no eran más de las doce.
Con mi leal compañero de armas, comenzamos el lento descenso del cerro, por la amplia avenida Baquedano, que por obra y gracia del alcohol se convirtió de repente en una cancha de fútbol de asfalto y con pendiente, donde el arquero Valderrama se despegó del suelo para atajar una pelota imaginaria disparada en imaginario tiro rasante por Milenko, que iba más abajo. Recuerdo incluso que hubo polémicas para decidir si el balón invisible había entrado o no en un arco también imaginario.
Entre risas y chistes balbuceados, comenzamos el ascenso del segundo cerro (sí, parece un relato de sherpas tibetanos, pero no, así es Valparaíso) hacia mi casa. Haciendo el mínimo ruido posible, para dos mozalbetes con su motricidad fina perturbada, entramos a mi pieza donde mi mamá, tierna ella, nos había dejado sendos vasos (de esos grandotes, que cabe una cocacola individual entera) llenos de leche con vainilla.
Todavía ignorantes de las contraindicaciones que sólo la experiencia brinda a la cultura etílica, y sedientos por la larga caminata, nos mandamos el lácteo refresco al seco. Milenko se acostó en el saco de dormir, en el confortable suelo, y yo me tendí en la cama, donde inmediatamente comenzó por arte de magia, a girar el techo y el resto de la pieza. (No, tampoco sabía eso de "dormir anclado").
Sólo la férrea convicción de que vomitar es pa maricones y el miedo a ser descubiertos, nos mantuvo esa noche mareados y asqueados, pero dignos. Al día siguiente, obviamente muy temprano. Mi mamá nos despertó para el desayuno.
"¿Cómo llegaron?"
"Bien tía, lo pasamos super bien", dijo Halat despacito, con un hacha encajada en el parietal
"Me imagino, si venían haciendo el loco por avenida Baquedano, jugando al fútbol imaginario" dijo mi mamá media tentada de la risa. La señora no sólo confesó haber visto a lo lejos nuestra performance etílico deportiva, sino además el haber servido los vasos de leche como medida punitiva.
Obviamente, no lo volvimos a hacer: nunca más tomamos leche con vainilla después de un carrete.

domingo, noviembre 20, 2005

Un tronco, pero no de madera


En la época en que varios de nosotros estábamos en la -desprestigiada por los que no estaban- CVX, en el verano entre 2º y 3º Medio tocaba ir a un "campamento de formación". Nunca supe que era lo que formaban, pero creo que hay algunas cosas que contar para recordar y recordar para contar. Fue la primera vez que acampaba, la primera vez que estuve una semana fuera de mi casa y la primera vez que le conté la historia de mis primeros dieciséis años de vida, los que acumulaba por esos días, a un grupo de amigos. La parte irónica del camping fue que Venegas, que había quedado de conseguirse una carpa, llegó sin ella, no recuerdo si aduciendo que estaba sucia y tenían que manguerearla, o si simplemente el tío no se la había prestado, o si pesaba mucho. Supongo que ante la impresentable idea de ir a acampar sin carpa, a cualquiera le cuesta dar explicaciones (en Ovalle nos tocó habitar "la media carpa", verdadero edificio, de tela y tipo A). El punto es que dijimos: "allá nos prestan". No sé cómo llegamos a otorgarle credibilidad a peregrina idea, pero la cuestión es que nos fuimos para Santiago: Alejandro, Leiva, Vittorio, Izalo y yo. Totalmente perdidos, al final dimos con la Estación Central, y cada vez más perdidos, sin jefe o coordinador, nos permitieron ser allegados de otra comunidad cuyo nombre no quiero acordarme (se llamaban Sui Generis, pero me encanta ocupar esa frase). En el tren vimos hartas minas totalmente potables de los colegios participantes, en nada comparables a las monjas araucanas que quedaban cerca de nuestro colegio o las del República de Colombia, en que ojalá hubiera habido alguna colombiana porque habrían salvado algo que fuera. Cuando llegamos allá, separaron hombres de mujeres, y comenzó una buena experiencia desde el desarrollo personal pero pésima desde el punto de vista del estómago y el buen dormir. El hacinamiento (dormíamos siete en una carpa para cuatro y cuatro en una para siete) y el hambre (donde comen siete, comen once) fueron nuestros compañeros. De nuestras nuevas falsas amistades recuerdo haber presenciado como un pequeño ser estilo Lavín se enfrentaba en una discusión con un "maseteado" de metro noventa, y el primero cerró la discusión con un inapelable: "Y se me calla el So Hueón", a lo que el S.H. obedeció prontamente. Al final hubo una noche que no fue necesaria la carpa, porque al equipo creativo se le ocurrió llevarnos de "raid" unos kilómetros río arriba, hasta ese momento para mí sólo un insecticida, que por lo demás nos hizo falta porque tuvimos que dormir en sacos de dormir sobre un montón de arañas. Al otro día fue el máximo hambre, a tal punto que teníamos sólo unas pocas galletas duras con gusto a coco y una bolsa de manjar. Nos organizamos en dos filas, una para obtener una galleta y otra para echarle manjar, y a algunos fakires les gustaba hacer dos o tres turnos sin comer galleta para poder sentir un bocado más grande. El manjar duró más, y hacíamos fila para untarnos el dedo, imaginándonos la cocacolita que nos tomaríamos a la vuelta y el mejor plato de comida que estaríamos comiendo si pudiéramos. Creo que la parte memorable del campamento fue cuando nos hicieron una ceremonia en que nos nombraban caballeros, o algo así, con espada y todo. Después soltaron toda la comida que nos escondieron todos esos días, e hicieron un asado del que nadie podía comer mucho porque se nos había achicado el "estógamo". Y ahora llego al título de esta historia, que la hace caer en lo inverosímil. En el campamento no había baños, por lo que hubo que hacer en el cerrito y bañarse en pelota en el río. Alguien descubrió que sentándose en determinado árbol era igualito a un WC (mentira, pero era lo más cómodo conocido por esos pagos), por lo que eso se transformó en lugar habitual, una o dos veces por día para todos nosotros, menos uno: Vittorio. En los once días que creo que duró el asunto, jamás ocupó el arbolito, porque "él no hacía si no era en el baño de Carlitos". Según él no tenía mucho que acumular, debido a que comíamos muy poco. El asunto es que el último día, yo quería ir al arbolito ése, y veo que viene Vittorio con cara de "póngale nombre al tronco", y con una amplia sonrisa de satisfacción. El propio padre me llevó a ver a su criatura, que estimo en treinta centímetros largo y cuatro de diámetro. Lamenté un segundo la virginidad anal perdida de mi amigo, para luego fijar en mi memoria al mojón más grande que me haya tocado ver. Creánlo o no, sé que parece mentira.